Me enamoro mucho. Posta. Al menos una vez a la semana.
Por lo general todo sucede por un cuento, o un cuadro, o una ironía dicha a tiempo. Pero también puede ser por un solo verso de canción. O por el cauce de un mechón de pelo lacio y largo. Por una cascosidad de voz, por una caligrafía o por un hoyuelo. Incluso por una mandíbula masticando ladeado y al ritmo justo puedo yo palmar de amor. De un gesto me armo el mundo, y sucumbo, placentera, honda y tal vez algo vertiginosamente al hedonismo hermoso de prendarse de alguien.
Por lo general todo sucede por un cuento, o un cuadro, o una ironía dicha a tiempo. Pero también puede ser por un solo verso de canción. O por el cauce de un mechón de pelo lacio y largo. Por una cascosidad de voz, por una caligrafía o por un hoyuelo. Incluso por una mandíbula masticando ladeado y al ritmo justo puedo yo palmar de amor. De un gesto me armo el mundo, y sucumbo, placentera, honda y tal vez algo vertiginosamente al hedonismo hermoso de prendarse de alguien.
Hoy pasó de nuevo. Estaba yo buscando la imagen de fondo de este blog y dos minutos treinta segundos después ya estaba enamorada de Gabriel Pacheco. Si,
el ilustrador (perturbador) mexicano que desangró la preciosidad que estás viendo
de fondo. En realidad yo ya gustaba de él, bastante. Le echaba miraditas a escondidas mientras
Bernasconi (mi marido desde hace años) y Tute (mi amante desde 2014) no me veían. Pero hoy me enamoré. Hoy noté el clic (algunos sienten mariposas en la panza -los envidio- yo siento más bien como una luciérnaga con
interruptor prendiéndoseme en el cerebro) que me hace ver que pasé el umbral de
la ojeadita de soslayo en Google para sumergirme en el vertiginoso stalkeo a lo ancho y largo de la
red. Tres líneas de wikipedia después, ya estoy amando y -mentalmente- en concubinato.
Recién, por ejemplo, ya
me pensé con él de la mano recorriendo Buenos Aires y viajando al DF a visitar
a su familia. Me vi mirándolo trabajar en su estudio y cocinándole tacos y
guacamole con dos trenzas en la cabeza y camisolas bordadas con flores a lo
Frida Kahlo (y con Chavela Vargas de soundtrack de fondo, obvio). Vi a nuestros
hijos, mitad aztecas, mitad comechingones,
dibujando al lado de papá (el más grande igual, aunque talentoso con el
pincel, nos va a salir abogado). Nos vi juntos en las noches de primavera compartiendo el plato de
quesos con el que acompañamos los vinos (Gabriel
aún no sabe que me gusta el malbec pero
en el futuro me lo sirve un Luigi con cara
de embeleso).
Por lo general, en
mis visiones de los días venideros siempre estoy, además de acalambrada de
sonreír, más linda: encontré mi look más favorecedor, estoy saludablemente en
línea y hasta se me alargan un toque las piernas. En mi futuro hasta tengo
onda. Eso sí, en este en particular, estoy viendo que además de las camisolas
de flores voy a tener que comprarme chatitas porque busqué un par de fotos de Gaby
en Google y parece ser más bien petisón. Pero no me aflige: por él puedo
resignar largo de piernas. Porque, hay que ser realista: no todos los días una
conquista al mejor ilustrador mexicano de la última década.
